Dr. Rubén
Torres.
Médico
sanitarista. Ex Superintendente de Servicios de Salud
Diario
CLARIN 16 de Marzo de 2017
En
su mensaje del 1° de marzo, el Presidente Macri menciono la cobertura universal
de salud (CUS), como un logro efectivo de su gobierno. Sin embargo, existe una
amplia percepción de que una fuerte retórica, casi vacía de contenido, rodea la
CUS más allá de intenciones, expresiones de deseos, a las que todos adherimos y
no cuestionamos desde su fundamentación, como nuevo slogan que reemplaza
incumplidos postulados, abandonados en reuniones y documentos de consenso
etéreos, que pocos leen, y los que firman no esperan
cumplir.
Avanzar
en la CUS requiere un ministerio con poder, que pueda incidir sobre la realidad
de la gente; porque aunque formalmente encarne la máxima autoridad sanitaria,
en la práctica tiene poca o nula incidencia sobre dos organismos que gastan más
del doble que el ministerio y tienen en su jurisdicción la salud del 60% de los
argentinos: PAMI y la Superintendencia de Servicios de Salud (SSS).
La
enorme cantidad de recursos que gestionan dan a sus conducciones peso politico
y capacidad de negociacion mayor al ministerio. Si se alinearan con programas y
políticas concertadas en objetivos, estrategias y metodología adecuadas,
cabrían esperar evoluciones sustanciales en el sistema. Prueba ello es que
cambios y cuestionamientos a la cartera sanitaria no movilizan interés del
público ni de los medios, a diferencia de la renuncia de un Ministro de
Hacienda, pues se piensa que las decisiones económicas impactan en la vida
cotidiana de modo trascendente y se ignora que el uso y resultados del sistema
sanitario, la condicionan fuertemente en un país donde 1 de cada 3 personas es
pobre.
La
política sanitaria requiere equipos con programa explícito y convicción de que
la misión es más importante que el protagonismo; conjunción de voluntad
política y capacidad que permita integrar recursos y generar acuerdos que
sobrevivan más de una administración. Y que el camino a una cobertura universal
no se reinvente cada cuatro años.
Hoy
nos hemos quedado sin voz, espacios políticos en que a nadie interesa, y
debemos salir de este statu quo cristalizador de inequidad, ir por el desafío
de liderar un cambio desde el sector, y reasumir el compromiso de disminuir
progresivamente desigualdades recuperando efectores públicos de excelencia, con
un nivel de accesibilidad y calidad igualador, con acreditación, que desarrolle
técnicas, investigaciones y forme recursos humanos.
Elaborar
un plan de gestión consensuado, y no un plan de obras, como si el problema
fueran ascensores que no funcionan, ni funcionarán en nuevos edificios si no se
resuelven otros aspectos del sistema. Los indicadores muestran de manera
indiscutible una indigna inequidad en la salud de los argentinos. El sistema
federal, centralista en materia fiscal, impulsa discusiones de distribución
económica pero no de las evidentes inequidades jurisdiccionales de servicios
sanitarios cuya “independencia” sostiene como orgulloso logro.
Hablar
de salud por la disputa de dos entidades privadas que cubren a 10% de la
poblacion, o al aumentar la cuota de prepagas, por el deterioro edilicio del
hospital público, o el descubrimiento de una nueva droga de evidencia aún
dudosa, muestra que estamos superados por un sistema atravesado por intereses
poderosos, sin equivalencia con la conviccion ética y de justicia social.
Pelea
sin equilibrio, entre un poder económico que da una discusión de la actualidad
basada en el suceso, la evidencia científica sesgada, la exaltación de la
medicalización, alejada de la del bienestar general, y no puede ser librada sin
compromiso y conciencia de que la política de salud debe ser solidaria,
redistributiva y contribuir al desarrollo nacional. Hay que exponer a la
conciencia de la sociedad esta problemática, y proponer un sistema de salud que
no sea solamente visto como una institución que proporciona intervenciones
biomédicas sino también que promueva un conjunto de bienes sociales que
contribuyan al bienestar general, acabe con el hambre, proporcione servicios de
agua potable, cloacas, eliminación de basura y calidad de vivienda, protección
del medio ambiente y garantice igualdad de género.
Buena
salud no es sólo atención médica sino mejorar acceso equitativo a servicios de
calidad, innovar en redes de atención inicial de calidad y resolutiva, corredores
que preserven emergencias de vida, atención especializada de corta estadia,
prestadores de cuidados de transición, a la Tercera Edad, adicciones, salud
mental, y cobertura universal de medicamentos ambulatorios.
Una
mirada más cercana a las inquietudes de los postergados, pensando en, con y por
ellos, sin conflictos de intereses o posturas partidarias, superará
diagnósticos para dejar paso a la acción y concreción. La inequidad repercute
en la salud toda la vida y es indispensable poner salud en todas las políticas,
como cuestión de justicia social, con acciones universales, de intensidad
proporcional al nivel de desventaja.
Reincorporar
la idea de justicia social porque ésta no tiene eco en un sistema de
maximización de ganancias, cuyo principal argumento son hoteles de lujo que dan
servicios de salud, farmacia en cada esquina, médico a domicilio, implantes
importados, medicamentos por marca, con despilfarro y demagogia social y
promueve una desigualdad que jerarquiza a quienes tienen capacidad de pago, y
posterga a los que no tienen “cobertura formal”. Para generar una sociedad más
justa debemos crear una sociedad más sana.
